
Cada uno de los flancos de aquel burdel le recordaban a los asfixiantes locales de Varis. Las moquetas y el aire viciado, las mujeres de muslos pollo y medias reja, el olor de la tiranía sumergida en el helado abismo de los vasos de vodka.
Dimitri Snevocich entró en el burdel mirando a cada uno de sus flancos. Esperaba las pistolas que más tarde estarían apuntándole. Nadie entraba en el burdel sin ser observado por un arma. Era el protocolo y Dimitri lo conocía bien.
La reunión con el Padrecito iba a ser a puerta cerrada. Los pormenores del encuentro se los había explicado su acompañante, Sergey Smirnov, un viejo conocido, oriundo también de Varis, en la península de Crimea.
Antes beberían vodka y brindarían por los coños rapados. Soñarían con oro y coches. Agradecerían la hospitalidad del libre mercado. Recordarían los buenos tiempos de la Odessa salvaje, cuando un secuestro expres los reunía en el bosque, y olía a gasolina, y el infeliz gritaba mientras el verdugo jugaba con un zippo importado de America.
El verdadero motivo por el que se encontraba allí no sería tratado hasta la madrugada, con todos los ángeles ya viciados, en el momento que el cerebro bombease al ritmo de un tio vivo satánico, y las palabras se confunden y el alma no es apta para mentir. Entonces, el Padrecito empezaría a hablar de lo importante. Snevocich conocía el protocolo.
El Padrecito se encontraba sentado en un sillón de cuero, acompañado de una mesita de cristal en el que varios gramos de cocaína simulaban cordilleras caucásicas. Sentadas, a cada lado, estaban sus putas preferidas, una joven ucraniana de 25 años, y un chilena de 20. El resto jugueteaban a su alrededor, y reventaban sus naricitas con buenos tiros para olvidar el reflejo de su desvirgada sombra.
- ¡Snevocich!, gritó el padre, con claros síntomas de embriaguez, alzando con su voz, como si fueran moscas, al grupo de prostitutas ebrias que revoloteaba a su alrededor. Dice Smirnov que fuiste comandante en la guerra…
- Peleé a las órdenes de los nacionalistas, respondió secamente Dimitri.
- También dice qué fuiste el mejor comandante de esa guerra.
- Mejor y peor son términos relativos. La guerra es un asunto sucio, pero cuando ésta ocurre tu deber es ser el más apto.
- Y también dice que tú puedes comandar a mis hombres…
- Podría comandar hasta un ejército de maricones y vencer.
- ¿Un ejército de maricas contra mis hombres?
- Tus hombres no conocen la disciplina. Están acostumbrados a que les teman. Tus hombres son fáciles de vencer. Cualquier ejército bajo mi mando podría aplastar a tu gente antes que pronunciaran "pepinillo salado".
El Padrecito estalló en una risa histriónica, de matices y candencias perversas, risa burla, risa insulto, risa enferma. Las putas rieron con él, un coro zombi, perdidas en un maremoto de espasmos sumisos y atascos de dopamina.
- Padrecito… Dimitri conoce bien el arte de la guerra, intentó mediar Sergey.
- Si conoce la guerra, y quiere mandar sobre mis hombres, entonces que demuestre lo que está diciendo. Mira este ejército de putas. ¿Podrías comandarlas? ¿Podrías hacer de ellas una máquina de muerte?
Dimitri Snevocich explicó a las putas como debían formar. Escogió como capitanas a las dos favoritas del Padrecito, teniendo en cuenta su escalafón y su respeto ya adquirido sobre el resto del grupo. Les explicó por tres veces la disciplina. Les dijo que a su orden debían girar todas, en sincronía, a la derecha. “Si consigues que tus hombres respondan como responden tus miembros, serás dueño de la victoria”, dijo.Las putas reían y cuchicheaban entre ellas. Alguna se alejaba de la formación para intentar meterse algún tiro de la farlopa que construía océanos helados sobre los continentes de bandejas de plata. Entonces, Dimitri, mediante un comprensivo gesto, las obligaba a regresar a la formación. Les repitió por enésima vez que aquello no era un juego, que la guerra era un acto sucio, pero que cuando ésta ocurría nadie podía esquivarla. Cuando consideró que las putas podrían estar listas, dio la primera orden.
- ¡Derecha! ¡Ar!
El ejército de las putas actuó como un ejército de cucarachas en desbandada. Pocas estuvieron sincronizadas, pocas giraron a la derecha. Las capitanas reían y animaban a las chicas. Dimitri se dirigió al Padrecito que se burlaba del ejército que había instruido.
- La primera vez que esto ocurre es culpa del general, pues no ha explicado bien las órdenes, expresó en tono solemne Dimitri.
Dimitri volvió a explicarles a las capitanas la orden y éstas, entre risas, las transmitieron al resto. Cuando estuvieron preparadas el general gritó.
Las putas regresaron a un caos de risas y chascarrillos, cada una sumando el desconcierto, formando un tumulto infantil.
Dimitri, con el rostro muy serio, se dirigió al Padrecito, que continuaba riendo ante los infructuosos intentos del general.
- La segunda vez que esto ocurre, no es culpa del general, si no de los capitanes. Y el general debe obrar en consecuencia.
Acto seguido Dimitri desenfundó su pistola y disparó sobre las cabezas de las favoritas del Padrecito que se desplomaron con la sonrisa aún irradiando sus rostros.
Cuando el Padrecito pudo reaccionar y abrió su boca para condenar el crimen de sus dos favoritas, Dimitri se dirigió al ejército de putas y gritó: ¡Derecha! ¡Ar!
Y las putas, como movidas por los hilos de un titiritero cósmico, dieron un paso a la derecha y luego otro, ensordeciendo a los presentes como si un gigante hubiera puesto los pies sobre la tierra. La sincronía fue perfecta.
- Ya le dije Padrecito que Dimitri conocía bien el arte de la guerra, musitó Sergey.












